¡¿No
lo ves?! No hay nada sin tiempo. El
tiempo es la esencia de la existencia. No lo es la vida, ni tan
siquiera la consciencia del ser vivo.
Nuestro corazón late a un ritmo que requiere minutos y segundos.
Todo existe porque existe el tiempo. Si en el universo no hubiese
vida, aún los astros flotarían en el continuo mar de tiempo en
expansión, invisibles y mudos en un flujo de reacciones químicas e
interacciones físicas. En realidad, el tiempo es lo único que de
verdad existe. El tiempo es todo. Parar el tiempo sería abandonar la
existencia, y ni siquiera la muerte es tan radical. Ella tan sólo
detiene el tic tac de nuestras vidas para reciclar nuestros cuerpos.
Si lo detienes ya no habrá marcha atrás, todo habrá acabado sin
remedio. ¡No lo hagas, por favor! El té de Alicia necesita tiempo
para enfriarse.
Desvergüenzas literarias de un aficionado a la vida y la bebida.
24 noviembre 2013
23 noviembre 2013
Reductores de Cabezas
¡¿Los
Jíbaros?! ¡No
me hables de los Jíbaros! Se
necesita una buena cabeza para llenar un sombrero. O eso o un conejo,
como hacen los prestidigitadores. Pero siempre he sido de la opinión
de que es mejor una cabeza, porque aprovecha mucho mejor el espacio
creado y no esparce sus heces por el interior. (Te recomiendo que no
comentes esto con el señor Conejo Blanco. Él siempre ha querido
usar sombrero, pero le falta cabeza. Lo perdería en seguida). De
cualquier modo es recomendable que la cabeza en cuestión no sea de
ajo, porque si bien el ajo posee gran variedad de propiedades
beneficiosas para el organismo, también es cierto que despide un
aberrante olor que impregna todo aquello que toca. Dicho esto, diré
algo más. No, no vale cualquier cabeza. Pongamos por caso una cabeza
hueca: aún pudiendo ocupar el mismo espacio que una cabeza maciza,
reduciría nuestro sombrero a un mero artefacto de proyección de
sombra y/o profiláctico invernal, con la consecuente minusvalía que
esto implica... Me refiero al sombrero, claro está. No me
malinterpretes, no deseo con esto menospreciar a las cabezas huecas,
pero sí poner de manifiesto la diferencia entre dimensión y
perspectiva. Me llaman loca por tener mis opiniones, pero ¿has
pensado tú en las tuyas? ¡Los
Jíbaros, niña! Me entristece pensar en cabezas pequeñitas sin
sombreros pequeñitos... ¡Niña!
¿Niña? Niña...
Reductores de Cabezas (narrado)
¡¿Los
Jíbaros, niña?! –Replicó la sombrerera–. ¡No me hables de los
Jíbaros! Se necesita una buena cabeza
para llenar un sombrero. O eso o un conejo de suave pelaje, como
hacen los prestidigitadores. Pero siempre he sido de la opinión de
que es mejor una cabeza, porque aprovecha mucho mejor el espacio
creado y no esparce sus heces por el interior. –Entonces bajó la
voz y susurró: Te recomiendo que no comentes esto con el Señor
Conejo Blanco. Él siempre ha querido usar sombrero, pero le falta
cabeza. Lo perdería en seguida. –Luego, volvió a alzar su natural
tono de voz y continuó hablando–. De cualquier modo es
recomendable que la cabeza en cuestión no sea de ajo, porque si bien
el ajo posee gran variedad de propiedades beneficiosas para el
organismo, también es cierto que despide un aberrante olor que
impregna todo aquello que toca. Ahora bien, dicho esto, diré algo
más. ¡No!,
no vale cualquier cabeza. Pongamos por caso una cabeza hueca: aún
pudiendo ocupar el mismo espacio que una cabeza maciza, reduciría
nuestro sombrero a un mero artefacto de proyección de sombra y/o
profiláctico invernal, con la consecuente minusvalía que esto
implica... Me refiero al sombrero, claro está. No me malinterpretes,
no deseo con esto menospreciar a las cabezas huecas, pero sí poner
de manifiesto la diferencia existente entre dimensión y perspectiva.
Me llaman loca por tener mis opiniones, pero ¿has
pensado tú en las tuyas? ¡Los
Jíbaros, niña! Me entristece pensar en cabezas pequeñitas sin
sombreros pequeñitos... –De repente se dio cuenta de que allí ya
no había nadie– . ¡Niña!
–Gritó– ¿Niña? Niña... –Repitió con tono monótono y
distraído–.
15 julio 2013
Serenidad
¿Sabes
algo que me encanta? Cuando sin saber cómo, llego a ese remoto
retiro que se halla entre la vigilia y el sueño; esa coincidencia en
el espacio y en el tiempo; allí donde la mente se aparta del
pensamiento y se vuelve ligera, primigenia, y se reencuentra con el
cuerpo para volver a ser feto en busca de la postura perfecta. Así,
siendo uno más que nunca, mi ser flota al pairo en un mar de relax,
de calma y de sosiego. Me encanta estar en ese lugar, que es un
rincón y es un mundo, que se esconde entre las hebras del tiempo y
se disfraza de instante, pero que se prolonga y se repite tantas
veces cuando estoy a tu lado. Hace ya mucho que, cada vez más y
más, en ese remoto paraíso, donde el silencio es sólo aparente,
resuenan como cantos de sirena todos los secretos de mi amor por ti;
los mismos secretos que a menudo he susurrado en tu oído izquierdo,
que los guarda con tanto celo. Entonces me dejo llevar y yo también
canto y repito como un eco: “te quiero, te quiero, te quiero...”
Allí el mundo se concentra en mí; en ti dentro de mí; en ti, mi
mundo. Porque en ese oculto retiro no hay nada si no estás tú. Por
eso, cuando estoy allí, no quiero estar despierto ni dormido; sólo
contigo. Solo. Contigo. Pero lo que más me gusta, Amor, lo que de
verdad me encanta, es cómo a veces, cuando estoy perdido en ese
limbo, tú me traes de vuelta
con
un beso, con una caricia o un suspiro, y al abrir los ojos te encuentro
tendida junto a mí, en tu propio retiro entre la vigilia y el sueño.
Sola. Quizás conmigo.
27 noviembre 2012
La madeja de lana. (Novela Negra)
Mi
primera vez montando en el triciclo rojo; un golazo que marqué de
falta cuando jugaba al fútbol sala que hizo temblar la portería; la
cara de mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis enemigos... en
definitiva, la de todo aquel que alguna vez me importó por algún
motivo... el que fuera; el polvazo con Irene, el mejor que he echado,
y tantos otros que darían para hacer varias “pelis” porno;
borracheras, vómitos, rayas de coca, galopadas a caballo; dos
accidentes en coche; el tiroteo del “barrio ninja”, donde mataron
a Antonio... Fue como un pase de diapositivas, miles de recuerdos que
se agolparon en mi mente en aquel instante fatídico, cuando creí
que iba a morir. Al sacarme el puñal de la barriga, comencé a ver
como mi vida huía despacio, como un hilo rojo que se escurría entre
mis manos y bajaba hasta el suelo por mi ropa. Me estaba
desintegrando sin remedio, como una madeja de lana.
Tócala otra vez, Sam. (Novela Negra. Finalista)
-Hoy no es mi día- me dije. Llevaba una hora sentado frente a la máquina de escribir y todo lo que se me había ocurrido eran infinidad de patochadas. Encendí otro cigarro, me levanté y me dirigí hacia la ventana para buscar algo de inspiración en la calle. Quería escribir una novela de “polis y cacos” y lo único que me venía a la cabeza eran frases gastadas por Humphrey Bogart y demás estrellas “hollywoodienses”. -Céntrate- pensé. -Ponte en situación-. Le di una larga calada al cigarro y fijé mi mirada en una joven pecaminosamente atractiva que desfilaba por la acera de enfrente. Aquellas nalgas sin duda las había esculpido el mismísimo demonio. Al cruzarse con el chico de los periódicos, éste debió decirle algo parecido a lo que yo estaba pensando, porque de un guantazo le voló la gorra. Dejé escapar una risita humeante por la nariz, apagué el cigarro y volví a sentarme frente al folio en blanco.
09 septiembre 2012
Tximeleta bat
Sentado
frente al ordenador, la cama queda a mi espalda ligeramente a la derecha, junto
a la ventana. La bombilla cuelga del techo y el aire que entra por la ventana
la mece como a un ahorcado junto con las sombras que me anegan. Una mariposa
nocturna acaba de colarse por la ventana y flota alrededor de la bombilla. El
olor de tu ausencia se extiende por toda la habitación desde tu almohada inerte
y muda. La miro y te oigo respirar, te veo plácida por un instante, hermosa y frágil.
Al momento siguiente sólo el aire que entra por la ventana suena en mis oídos y
la cama está yerma. ¡Curioso! Hace apenas unas horas la misma cama estaba
poblada por funambulescas siluetas. Esta noche me abandonaré sobre ella, sobre
el abandono mismo de las arrugas en las sábanas, sobre el recuerdo de noches
soleadas y días que regaban mi alma que comienza a secarse sin ti. Esta noche voy
a hundirme entre felices visiones de tus manos, tu pelo, tu espalda, tus ojos,
tus pies, tus orejas y la piel que baja desde ellas por el cuello hasta tus
clavículas. Tú. Tus hombros, tus senos, tus nalgas, tu boca, tu nuca, tus uñas en
mi espalda y tus pestañas. Tus pestañas son como las alas de esa mariposa que
da vueltas y choca contra la bombilla. La miro y pienso en la manera en que tú revoloteas
dentro de mí. Sonrío. ¿Será un hada? ¿Lo eres tú? Me he quedado un buen rato
mirándola y ha ido a posarse en tu almohada. Ha estado allí unos minutos.
Caminaba y parecía libar algo. Luego se ha ido volando por la ventana igual que
entró. Sonrío. Ondo lo egin, tximeleta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)