Algo
o alguien se arrastraba detrás de la puerta. Si alguien me hubiese
jurado mil veces por su vida lo que allí encontraría, mil veces le habría dejado morir. Tembloroso, giré el pomo y de un tirón abrí de par
en par. Un grito se ahogó en mi garganta. Durante unos segundos mi
cuerpo dejó de pertenecerme. El horror se había apropiado de él.
Un chimpancé se erguía frente a mí, los brazos rotos colgándole
inertes a cada costado, piel y músculo hechos jirones; del abdomen,
la sangre le manaba por un enorme agujero por el que también
asomaban las tripas. El animal me miraba a los ojos como pidiéndome
algo. -Piedad-, pensé. Con rápida torpeza busqué mi machete de
desbrozar. Jamás lo había sentido tan pesado como al levantarlo en
aquel momento, frente a mi inesperado visitante. Descargué un golpe
sin fuerza ni convicción y hendí el cráneo. Fallé. Sus ojos me
preguntaron por qué. Otro tajo en horizontal seccionó la cabeza.
Desvergüenzas literarias de un aficionado a la vida y la bebida.
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25 noviembre 2014
26 noviembre 2011
Caricias
II Homenaje a Poe (2º Escrito)
Empezaba a soñar cuando noté una delicada caricia sobre mis pies por encima del edredón. Abrí los ojos en busca de una mano ejecutora, pero al aclararse la oscuridad no encontré más que mi cuarto en su habitual estado. Miré entonces hacia la cama de mi compañero: dormía. -Habrá sido una corriente de aire que se ha colado por alguna rendija-, pensé.
Mi corazón se aceleró cuando por segunda vez una caricia sobre mis pies me despertó. Busqué sin hallar al bromista... Mi compañero seguía en su cama y la ventana estaba cerrada... -No es posible. No existen los fantasmas... tiene que haber sido el edredón que ha caído por su propio peso-, me dije.
Cuando ocurrió por tercera vez, presa del pánico al no ver a nadie, intenté gritar para despertar a mi compañero, pero mi voz no respondía ni tampoco mi cuerpo. Una angustia inconmensurable creció dentro de mí hasta que por fin desperté... y no había nadie.
Empezaba a soñar cuando noté una delicada caricia sobre mis pies por encima del edredón. Abrí los ojos en busca de una mano ejecutora, pero al aclararse la oscuridad no encontré más que mi cuarto en su habitual estado. Miré entonces hacia la cama de mi compañero: dormía. -Habrá sido una corriente de aire que se ha colado por alguna rendija-, pensé.
Mi corazón se aceleró cuando por segunda vez una caricia sobre mis pies me despertó. Busqué sin hallar al bromista... Mi compañero seguía en su cama y la ventana estaba cerrada... -No es posible. No existen los fantasmas... tiene que haber sido el edredón que ha caído por su propio peso-, me dije.
Cuando ocurrió por tercera vez, presa del pánico al no ver a nadie, intenté gritar para despertar a mi compañero, pero mi voz no respondía ni tampoco mi cuerpo. Una angustia inconmensurable creció dentro de mí hasta que por fin desperté... y no había nadie.
El Enemigo de la Luz
II Homenaje a Poe (1.er Escrito):
Por fin llegan las horas tranquilas de la madrugada; las horas para mi paseo silencioso. Son ya más de las cuatro y abro la puerta para salir a las calles casi vacías... las calles oscuras. Como siempre estoy hambriento, excitado, eufórico... pero se me da bien disimularlo. Las luces de las farolas, mis enemigas, gritan mi presencia al ganado desperdigado, pero sólo consiguen excitarme más al mostrarme ante ellos y hacerme consciente de que ninguno sabe mi propósito. Nunca escuchan. Al cruzarme con ellos veo sus rostros ovinos y mi hambre crece: niñatas que vuelven a casa con los zapatos en la mano; gallitos borrachos a los que el alcohol ha confundido y creen que aletear y volar es lo mismo. Me deleito en la selección de mi presa. Las farolas siguen gritando. Ahora a mis espaldas, porque si ellas son mis enemigas yo también sé con quien aliarme. Seguiré a mi presa hasta la oscuridad... hasta su oscuridad total.
Por fin llegan las horas tranquilas de la madrugada; las horas para mi paseo silencioso. Son ya más de las cuatro y abro la puerta para salir a las calles casi vacías... las calles oscuras. Como siempre estoy hambriento, excitado, eufórico... pero se me da bien disimularlo. Las luces de las farolas, mis enemigas, gritan mi presencia al ganado desperdigado, pero sólo consiguen excitarme más al mostrarme ante ellos y hacerme consciente de que ninguno sabe mi propósito. Nunca escuchan. Al cruzarme con ellos veo sus rostros ovinos y mi hambre crece: niñatas que vuelven a casa con los zapatos en la mano; gallitos borrachos a los que el alcohol ha confundido y creen que aletear y volar es lo mismo. Me deleito en la selección de mi presa. Las farolas siguen gritando. Ahora a mis espaldas, porque si ellas son mis enemigas yo también sé con quien aliarme. Seguiré a mi presa hasta la oscuridad... hasta su oscuridad total.
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