07 junio 2025

Él y Yo (Ángel) - Escrito en 2012

 No siento nada. Dios me hizo así. Él, que sí siente, me otorgó la misión que desempeño sin conmoción para poder sentirse mejor en sus momentos de delirio. El hambre que yo te ofrezco, la guerra que yo siembro, la enfermedad que te traigo y la muerte con que te bendigo son los dones que Él me encomienda para ti. Muchas veces le veo sonreír cuando cumplo con mi labor, que es la suya, satisfecho por mi obra, que es su obra. Pero no siento nada. A veces me pide que te ayude, que te desvele un nuevo conocimiento que haga avanzar la ciencia, que guíe la mano del cirujano que extirpa tu tumor. Él se regocija cuando lo hago. Le miro y sigo sin sentir nada. Ni siquiera Él me conmueve, así me concibió y por eso soy de esta manera.  Sólo porque Él es Dios y podía hacerme como quisiera. No siento nada y sin embargo comprendo el concepto de “sentir”, y ni me gusta ni me disgusta. Él quiso que yo no sintiera, pero sin embargo sí me concedió el don de poder pensar. Y a veces pienso y me pregunto si tal vez cometió un error o lo hizo a propósito, porque muchas veces pienso que Yo ya no le necesito más.

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21 agosto 2021

Mierda



¿Qué viento sopla en mis velas que no las hincha ni arrastra mi nave a puerto?

¿Qué instante de luz tenue es éste? Me pregunto.

Pero vienen las hadas del norte a ser pícaras, revoloteando por mis aposentos.

Ahora que soy uno sin intención de nada, quiero ser un múltiplo de trece.

Que ya no creo en la mala suerte.

 Que si he de ser un número impar, al menos recorra esta línea temporal por orden pronominal.

Y si todo transcurre entre mis deseos y mis voluntades, aunque destierre imposibles, la parca me cubra de flores propias y ajenas.

Ya no soporto más tanta mierda. 

No hay estrofa que no se convierta en mierda y sin embargo soy feliz.

Nadie esperaba este viento fétido, lo sé.

Cero estribillo, todo magro, todo crudo, pero al final siempre desnudo.

No es para tanto. Nunca es para tanto





29 mayo 2021

Hundimiento

 



Hundido en mis pensamientos,

 

Cabalgo hacia la locura,


Caballo incierto de dudas,


Montura de mal asiento.



Y no queda otra que patalear,


Sacar la cabeza a fuerza de nadar.


Porque no hay cordura en tan sólo flotar,


La verdad se encuentra en la profundidad.



Ombligos de complacencia,


Rellenos de dogma y fe,


Sobre el agua mueren de sed,


Ahogados de intrascendencia.



Quiera mi locura hundirme en este mar,


Arrastrarme al fondo de la humanidad.


Porque no hay cordura en tan sólo flotar,


Hay que sumergirse en pos de la verdad.



Hundido en mis pensamientos,


Locura y cordura forjan,


Ambigua moneda de hierro,


Certeza que se hunde y flota.






21 mayo 2021

Rubbish Dump



There is a little girl carrying a planet in a black bag.


She walks alone dragging it slowly through the wasteland.


And she never asks for help, no matter the weight,


She lifts it up her shoulder to take it to the sky,


She looks up at the stars, she dreams of the past,


And though she’s quite skinny she very rarely cries.


She never asks for help, no matter the weight.



Sometimes this little girl follows the dry bed of the river,


The dragging of the planet sometimes makes it a bit deeper.


But she never asks for help, no matter the depth,


She pulls through the days with the little nature gives her,


And nature’s almost rotten and the days are always bitter,


But she never gives up, with her huge bag she lingers.


She never asks for help, no matter the depth.





I don't know


Ferrari’s emblem on a wheelchair.


A rider riding backwards on a bull.


A wolf devouring itself.


Schopenhauer at your birthday party.



I don’t know what’s going on.


The world is not changing at all.



The first crack on the eggshell.


One way only swinging doors.


Friends that don’t stand each others.


Different games with the same scores.



I don’t know what’s going on.


The world is not changing at all.



Water traded on the stock exchange.


February the twenty nineth.


Water pistols filled with urine.


Long eyelashes of beautiful eyes.



I don’t know what’s going on.


The world is not changing at all.



Extremoduro.


A snail going backwards.


Roses behind bars.


A queen cat nursing mice.



I don’t know what’s going on.


The world is not changing at all.



Boris Becker donating sperm.


Better halves of the wrong wholes.


Forests in planets without men.


Donald Trump.



I don’t know what’s going on.


The world’s still spinning on.






30 enero 2021

No sé.

                                   

                                  Una silla de ruedas Ferrari.

Un jinete montando un toro de espaldas.


Un lobo que se devora a sí mismo.


Schopenhauer en tu cumpleaños.



No sé qué está pasando.


El mundo no está cambiando.



La primera grieta del cascarón.


Una puerta vaivén que sólo va.


Amigos que no se soportan.


Partidos diferentes con el mismo marcador.



No sé qué está pasando.


El mundo no está cambiando.



El agua cotizando en bolsa.


Un veintinueve de febrero.


Pistolas de agua llenas de orina.


Las largas pestañas de los ojos más bonitos.



No sé qué está pasando.


El mundo no está cambiando.



Extremoduro.


Un caracol yendo hacia atrás.


Rosas detrás de una reja.


Una gata amamantando ratones.



No sé qué está pasando.


El mundo no está cambiando.



Boris Becker donando semen.


Mitades de naranjas diferentes.


Bosques en planetas sin hombres.


Donald Trump.



No sé qué está pasando.


El mundo sigue girando.


  


                                                                        

07 noviembre 2020

Diálogo Contigo

-¿Estás enamorado de mí?


-No lo estoy por precaución. Solamente porque tú no quieres que lo esté… Tampoco lo estoy por no incomodarte, por no causarte molestia alguna. Pero en el momento en que tú quisieras, lo estaría.


-¿Y si nunca llego a querer? Yo no siento lo mismo...


-Seré feliz igualmente. Procuraré tenerte siempre cerca para seguir disfrutando con tu presencia. Te admiraré y te lo haré saber sin invadirte. Continuaré con mi vida y le mentiré a todos o les diré medias verdades para no comprometerte, para no comprometerme a mí tampoco, para no dañarles. Incluso les diré toda la verdad si es necesario. Les diré lo que estén dispuestos a asumir. Tendré una vida plena y un secreto compartido contigo y con quien me dé la gana compartirlo. Me mantendré a tu lado tanto tiempo como sea posible y seguiré locamente no enamorado de ti. Y tú serás feliz porque es tu sino, sin pensar en mí.


-Pero… ¿Y si la vida nos separa...? ¡¿Qué vas a hacer?!


-Entonces te echaré de menos y te recordaré cuando me haga falta. Pero no haré un drama por ello. Seguiré recorriendo mi camino lejos de ti, sabiendo que eres feliz. Tú seguirás siendo mi inspiración, encarnando la bondad y la alegría. Y seré feliz igualmente, sin ti. Por eso no tienes nada que temer.


-Te escucho y pareces muy seguro de lo que dices y lo que sientes, y sin embargo tengo dudas… No de lo que sientes, sino de lo que dices. De cómo encajará la realidad en esa idea y esa idea en la realidad. Dudo de llegar a sentir lo mismo que tú… Bueno… Estoy segura: no voy a sentirlo. Lo que dices es muy bonito, pero ¿es factible?, ¿puede ser así? Yo no quiero herirte, pero la experiencia me dice que en una situación como esta siempre hay alguien que sale perdiendo. No quiero que sufras por mi causa.


-Sólo por un motivo podría sufrir y no sería por causa tuya: si alguna vez te fallo o no te respeto como debo. Si eso ocurre, habrá sido culpa mía y me lo habré ganado. Aceptaré tu animadversión si es que surge y sufriré hasta que me pueda perdonar. Pero con el tiempo lo haré, aprenderé y volveré a la senda de la felicidad, porque por mucho que sienta por ti, debes saber que no eres ni mi principio ni mi fin. No serás mi perdición, porque contigo uno no puede perderse ni puede perder. Por eso tal vez puedas ser mi guía...


-...Me idealizas…


-...Te voy conociendo.


-¡Qué gilipollas eres…!


-Sí. Lo sé.


28 octubre 2020

Vigilias Lupinas


    Sueño que me transformo en lobo. Que la naturaleza me ha hecho un proscrito, un repudiado, hijo de mil suspicacias. Sueño que vago en silencio por la vida buscando un equilibrio, para mí, para todos y de todos hacia mí. En la noche y entre nieblas es donde mejor me desenvuelvo. Me dejo entrever, causando temor, desconcierto, misterio, atracción... En el umbral que separa lo material y lo etéreo observo quieto el mundo al otro lado del telón. Siempre listo para desaparecer, deseando no tener que hacerlo. Observo con prudencia la lucha entre el amor y el odio, con la esperanza puesta en el amor y la tristeza volcada en el odio. Nadie quiere ser odiado. Busco un equilibrio. Un mínimo del que partir hacia ser amado. Tal vez el respeto del neutral. Ese sería el equilibrio de todos hacia mí. Tal vez frío, tal vez distante...


    Aparezco y desaparezco entre las sombras para saber quién querrá seguirme y quién perseguirme, y para saber por qué; para saber quién querrá huir y para saber de qué. Busco en los ojos ajenos señales. ¿Quién se adentrará en la espesura? ¿Quién dejará miedos y prejuicios de lado y seguirá mi rastro hasta mi guarida? Anhelo a quien lo haga. En las profundidades del bosque espero ese encuentro con los osados, cara a cara, al desnudo. Una cita primitiva. Una comunión atávica. Un secreto compartido. Ese sería el equilibrio para mí. Dulce y cálido, forjando lealtades a pecho descubierto. Entonces, cuando la luz diluya la oscuridad, aunque la niebla permanezca, el sol me habrá dado apariencia humana. Para ellos, para siempre seré yo.


    Sueño que me transformo en ser humano, mi forma original. Que en mi guarida de hombre mi manada me espera. Vago por la vida en busca de un equilibrio. Un equilibrio para todos. Un equilibrio entre los dos seres que son yo. Al cruzar el umbral del hogar, mi manada me da la bienvenida. Saben de dónde vengo, lo que soy, aunque para ellos siempre seré humano. Bajo esta apariencia frágil me desenvuelvo con torpeza y eso también lo saben, así que estilamos parquedad en las palabras. Tal vez ese sea el equilibrio para todos. Íntimo y mudo, lleno de señales en los ojos, un lenguaje morigerado y sincero.


    Al cruzar el umbral del hogar, mi manada se despide de mí. Vuelvo a la noche para pensar, para ser lobo y observar. El hambre apremia y salgo de caza. Sin remedio me ganaré la fama de inmisericorde depredador. Así, yo habré comido y todo el mundo volverá a olvidar mi hambre, contando cuentos de los ecos que les llegan, agrandando el mito de la sangre. Quizás ese sea el equilibrio para todos en este sueño que sueño despierto. No hay nadie más de mi especie. Soy un arcano primitivo que busca ser encontrado. Aúllo y siembro el caos para poder hallar los equilibrios que sustentan mi existencia. Espero. Me dejo ver entre la niebla. 

 

                       https://www.safecreative.org/work/2010285744276 

06 marzo 2020

Slàinte mhath


A long dark night;
The cold.
A long dark night;
The rain.
A long dark night;
The ice.
A long dark night;
The snow.

A dram of whisky;
The warmth.
Slàinte mhath;
The words.

The summer in five days;
The hearth.


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09 febrero 2020

Filosofía

Marzo, 2018



         Mi mirada perdida escapa a través de la angosta ventana del comedor. La vista no es muy evocadora: un muro blanco, dos tuberías, el techo de uralita del garaje, la reja y un trozo azul de cielo intruso en una esquina. Con los dedos quito el polvo del ordenador y soplo con fuerza para expeler las motas atrincheradas entre las teclas. El cursor parpadea desafiante sobre el documento en blanco. -¡Nada!-, me reprocha intermitente. Mi mundo interior lleva tiempo anquilosado, pero no me rindo. Me levanto y me enciendo un cigarrillo que dé rienda suelta a la mente.

         De vuelta ante el teclado, con el humo aún flotando, las ideas comienzan a agolparse en mi cabeza. Tantas que se desbordan y fluyen por todo el cuerpo. Imágenes, sonidos y olores se convierten en sensaciones, en sentimientos... El cursor ya no me afrenta; con cada parpadeo me sugiere una letra. Al mismo tiempo, el estomago sugiere a la boca palabras dulces y sed de poesía. Siento el desperezo de la psique, la creatividad despertando. Leo entre lineas de pensamiento y me doy cuenta del salto entre los párrafos de mi vida; me asgo a mi yo más inmarcesible y escribo.

06 enero 2020

Las hormigas de Madrid


   Madrid ebulle con efervescencia urbana: tráfico, cine, arte, bares, drogas, parques, aves… El tiempo da para mucho y no da para nada, y aunque la vida puede burbujear monótona y las hormigas son hormigas, como en cualquier sitio, todo es nuevo aquí: un nuevo atasco; una nueva película; un nuevo museo; una nueva noche por las calles y los bares; un nuevo despertar con las aves en un parque. Todo aquello que se pueda imaginar ocurre. Como en todas partes, las hormigas madrileñas acarrean sus miguitas, los ciscos que se encuentran, insectos desmembrados y demás cosas pequeñas, como todas las hormigas. Porque al fin y al cabo, las hormigas de Madrid trabajan sin cesar, como en todas partes. Las hay en los coches, en los cines, los teatros, las tabernas, en los parques y en los barrios; y las aves se las comen, como en todos lados. Sin embargo, nada se repite, el tiempo da para mucho y no da para nada y todo es nuevo. Así, la vida se aferra a Madrid con ansia de ser vivida y cada día transcurre con avidez de trascender. Porque todo ocurre por primera vez aquí, incluso lo inimaginable, y hasta el retozar de un viejo sentimiento es nuevo en Madrid, como en todas partes.


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22 febrero 2018

Melodía para Gloria

      Abril, 2017.

      No sé qué pretendo con esta carta, con este escrito, con esto. Ni siquiera sé bien lo que esto es. Sólo sé que me siento ante mi piano de teclas con letras, ante el único instrumento que sé tocar, al único al que puedo arrancarle algo de música, para dedicarte lo que salga de mí. Obviamente, querría componer una sinfonía triunfal, una vals que girase en tu cabeza o un canon que erizara tu piel. No sé si será posible… Me temo que hoy sólo voy a escribir una melodía estridente, unas líneas de ritmos arrítmicos y poca coherencia.

      ¡¿Recuerdas?! Érase una vez un troglodita ebrio y una ebria reidora. Hubo un baile que se prolongó hasta las sábanas y oscureció el día, que se hizo corto. Hoy pienso en ello. Hoy pienso en ayer y pienso en hoy, y nada me hace dudar de que bailaría otra vez esos giros, esas piruetas o esos meneos ordinarios hasta llegar a mañana. Mañana cada vez más cerca y siempre alejándose.

      A veces no sé qué decir; no sé qué escribir. A veces la cago y a veces me cago en todo. Pero es ahí donde me desnudo y te muestro mi esencia. Nadie me ha visto tan desnudo como tú, y aún así quiero arrancarme la piel a tiras, los ojos… todo lo que tape quien soy... y ser feo para que me veas completo. No soy sólo palabras bonitas. Soy un bruto. Y tú… tú ahora no te quieres… pero yo sólo te veo desnudarte y veo tu esencia. Más. Y en tu desnudez no encuentro más que Gloria. ¡Nada que me guste más!

      ¡¿Recuerdas?! El tiempo se nos escurrió entre las manos, entre besos y fornicaciones. Luego vino el espacio. Pero nosotros seguimos despojándonos sin pudor. Y ahora el pudor nos quiere vestir. Pues cada mañana me encontrará más desnudo ante tus pies, esos pies que forman parte de este cuento y que ya no disimulo al lamer, porque en ellos encuentro consuelo y paz.

      La belleza de tu cuerpo consigue erecciones de mi pene. La belleza de tu alma se clava en mis entrañas y me hace correrme. Veo cómo te miran los demás, cómo hablan de ti, cómo te quieren, y nada se me hace extraño. Es natural que me sienta afortunado. Y tú… tú ahora no te quieres… Has querido mucho y lo sigues haciendo, pero no has dejado nada para ti. Pues he de verte resurgir, con alas de plumas nuevas y medias lunas en la cara, con fuego en el porte y la mirada cristalina, el sexo al descubierto y aullando a lunas llenas.


       Perdóname por desafinar. Lo siento por la falta de fluidez y las salidas de tono. Hay veces que improvisar sale regular y tampoco soy un gran pianista. Al menos he sido capaz de tocar una pieza para ti. No es la más hermosa, ni lo soy yo, pero con ella, te digo que aún hoy, un año después no me faltan motivos para que las "dinoposas" y los "marisaurios" pazcan en mi estómago. Tu belleza trasciende lo físico. Tu nobleza nutre a los nobles. Tu ser enciende las mentes. Tú eres la verdadera Gloria.

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16 diciembre 2015

El Reloj Dorado


No son horas de pasear por el canal, pero paseamos.
Nos son horas de querernos, pero nos queremos.
Repasando las fotos en blanco y negro que sacó la luna, busco tu reloj dorado.
Analizo cada imagen con detenimiento, pero no lo encuentro.
Vuelvo al canal, vuelvo a aquella noche, a su luz de Cine Negro.
Veo insectos que vuelan sobre el agua, incluso oigo en el silencio el rumor de las hojas y la voz del río, pero por más que me esfuerzo, no encuentro tu reloj.
Me dices que me vas a llevar a un rincón secreto, hermoso, un pequeño jardín que se encuentra más allá...
Yo te sigo, imaginando ese hermoso rincón tuyo, pero a cada paso te detengo para flotar en tus ojos; estático en el tiempo, desnudo en tus pupilas.
“¡Que no venga el día a cambiarlo todo con su arrepentimiento!”, pienso.
“¡Que no haya más camino hacia el hogar que atravesar la noche por el canal!”.
Ahora sé que si te marchas la ciudad no cambiará de nombre.
Mirando las fotos que sacó la luna por fin comienzo a comprender:
No son horas de querernos, ni son horas de pasear por el canal.
Tan sólo estamos parados con el tiempo en tu reloj dorado; perdidos bajo la luna del canal entre las nieblas del recuerdo.
Se pasó el instante que nunca llegó.
Se perdió para siempre tu reloj; se quedó marcando la hora exacta que no ha de repetirse, en aquel lugar más allá, con sus agujas clavadas en la roca del pasado.


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07 abril 2015

El niño que era malo con las moscas.


By José Luis Trujillo González
Ilustración de José Luis Trujillo González
     

    Los árboles del patio eran enormes, con gruesos troncos que a veces se retorcían como si un gigante hubiera intentado sacarles el jugo. Las primeras ramas que salían de los troncos también eran muy gruesas, pero continuaban ramificándose más y más hasta hacerse finas en las alturas, donde acariciaban el cielo o se enganchaban con las nubes. Con forma ovalada y acabadas en punta, las hojas, que se apretaban mucho entre ellas, eran de color verde claro si eran nuevas, o verde oscuro si más viejas. Muchos niños las usaban para hacer barquitos y jugar en los charcos los días de lluvia.

     Al pequeño Milo le gustaba hacer barquitos, pero el patio y sus árboles ofrecían divertimentos mucho mejores que ese. Cuando los pequeños frutos caían de las copas aún sin madurar, se podían usar como munición para los tirachinas. Si algún maestro te pillaba con uno, con suerte podías llevarte un buen tirón de orejas, un cogotazo o un coscorrón. Que lo confiscaran tampoco era tan tremendo... siempre se podía hacer uno nuevo. Lo malo era cuando se lo decían a los padres. Sin embargo, durante mucho tiempo, el juego que más entusiasmó a Milo lo proporcionaban los frutos maduros y nada tenía que ver con los tirachinas.

     Cuando se tornaban negros y blandos, los frutos se precipitaban desde lo alto espachurrándose y manchándolo todo al reventar. En pocos días el suelo quedaba cubierto de frutos suicidados y las moscas se arremolinaban para hacer un festín de sus tripas. Era entonces cuando el juego de Milo quedaba dispuesto. La veda estaba abierta y cada día era una cacería. Al sonar la campana del recreo, el niño corría con fruición hasta el reguero de bayas rotas y el zumbar de los ingenuos insectos, que a decenas caerían presa de la macabra inocencia del pequeño.

     Las técnicas de captura, tortura y ejecución de Milo eran muy variadas. Las moscas más afortunadas sucumbían aplastadas de una palmada, de manera instantánea y fulminante; a otras las atrapaba con su mano ahuecada: aproximándose desde un lado, con un movimiento rápido y certero que las cazaba en el despegue, cerraba la trampa de su puño en torno a ellas sin causarles daño, luego las sacudía para atontarlas y las lanzaba con fuerza contra una superficie dura. Pero de esta manera no todas morían, y Milo sabía medir bien la fuerza del lanzamiento según su afán de crueldad. Así pues, los bichitos que seguían vivos tras el primer lance con el cazador, experimentaban tormentos aún mayores. A veces les arrancaba una o varias patas, otras veces una o las dos alas. Uno de los juegos más emocionantes para Milo, consistía en ofrecer a un hormiguero una mosca mutilada en sacrificio. ¡Qué espectáculo! ¡Qué circo romano! No importaba que siempre ganaran las hormigas. Cada sacrificio era una tragicomedia diferente. Sin embargo, la manera más sofisticada y divertida de matar moscas era la guillotina. Para ello sólo se necesitaba comprar una cajita de pastillas de regaliz en la farmacia. Eran cajitas redondas cuya tapa se deslizaba hacia atrás y hacia delante, abriendo o cerrando el agujero por donde salían las sabrosas golosinas. Comerse todas las pastillas era parte fundamental e indispensable de aquel disfrute maquiavélico. ¡Oh, morbosa gloria! Una vez la herramienta estaba lista, solo quedaba cazar y hacer crujir las pequeñas cabecitas con la tapa del improvisado ataúd, primero lleno de regaliz y más tarde de cadáveres de mosca.

     De esta manera, solo o con amigos, Milo pasó muchos recreos siendo malo con las moscas. Le producía un extraño placer que sabía malsano, pero que, tal vez por eso, le disparaba la adrenalina. Cada fechoría perpetrada desataba en su ser un escalofrío efervescente; abría un resquicio de su mente por el que el alma se colaba para plantearle un interrogante: la disyuntiva del Cielo y El Infierno; la dicotomía del bien y el mal.

     Ahora bien, el día tuvo que llegar en que Milo finalmente dejaría de maltratar a las moscas. Y llegó sin avisar, como llegan todos los días, y fue un día cualquiera, pero no como cualquier día. Como tantos recreos, el niño se hallaba bajo los árboles del patio embebido en sus pequeños crímenes, finiquitando dípteros con su guillotina cual revolucionario francés; distraído. De repente, un saludo emboscado le sorprende: -¡hola!-. Milo se alza y se gira en un destartalado movimiento, escondiendo el mortal artefacto con las manos a la espalda. El corazón le ametralla la garganta y sus ojos miran incrédulos lo que ven. ¡Una niña! La niña tiene grandes ojos con forma de almendra, marrones, y encierran en sí la luz de muchas vidas, pero esto Milo no lo sabe. Su nariz es respingona, su pelo castaño y una sonrisa ocupa toda su cara. No es que la niña tenga una boca grande, sino que sonríe con toda su cara: con los ojos, las cejas, la nariz, la boca, las mejillas... e irradia una entrañable travesura. -¡Hola!- replica un azorado Milo. En seguida, la niña responde y da así comienzo una conversación entre ambos:

-Eso ya lo he dicho yo -sonríe ella-. ¿Qué hacías?

-¡Nada! Sólo estaba jugando... ¿Qué haces tú aquí? Este es un colegio para niños. Las niñas no pueden entrar.

-Pues yo soy una niña y estoy dentro -continúa sonriente-. ¿Qué tienes ahí detrás?

-Nada... es una cajita de regalices. No es nada...

-¡¿Me das uno?!

-No... no me quedan. Está vacía -miente él.

-¿Cómo te llamas?

-Milo. ¿Y tú?

-Acinom.

-¡Qué nombre tan raro! -se extraña Milo. Acinom no deja nunca de sonreír y eso le incomoda y le cautiva al mismo tiempo.

-Pues ha sido mi nombre desde siempre. Nunca he tenido otro. Pero si quieres me puedes llamar Acinom -dice para confundirle aún más.

-Bueno... ¿Y qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?

-Entré volando. Soy un hada y he venido para conocerte. Tengo algo para ti.

-¡¿Qué?! ¡¿Un hada?! No me lo creo -ríe Milo. Pero la curiosidad le puede-. ¿Qué es lo que tienes para mí?

     Acinom se aproxima despacio hacia él, aproxima su cara a la del niño y le da un beso en la mejilla. -Esto. Es un don -le dice. Ante tal ocurrencia, Milo no puede evitar ponerse nervioso y ruborizarse. Rápidamente mira a su alrededor para ver si alguien se ha percatado de lo sucedido, pero el que se percata de algo es él: en el patio no queda ni un alma. La campana ya debe haber sonado y todos los demás niños ya han vuelto a clase. Esto pone a Milo aún más nervioso, que nuevamente se vuelve para fijar su mirada en... -¿Acinom? -susurra. Ella no está allí. Se ha esfumado. Se ha ido sin dejar rastro. Sólo una mosca zumbando en el aire le acompaña ahora, pero en un momento ésta también vuela lejos hasta desaparecer. No hay lugar donde Acinom pueda haberse escondido. Literalmente se ha desvanecido. Abrumado por la situación, el chiquillo echa a correr despavorido hacia las aulas, donde casi con total seguridad le aguarda una buena regañina. Sin embargo, mientras corre, el desasosiego deja poco a poco paso a la alegría en su corazón: “un hada”, piensa. “Acinom”, repite para sí.

     Aquella mañana fue la última vez en que Milo maltrató a una mosca. Muchas veces aquel día y muchos días después de aquel, aún siendo niño, Milo contaría su encuentro con Acinom a muchos de sus amigos, pero ninguno le creería del todo. Y el tiempo pasó entre historia e historia, y Milo pasó de niño a adolescente. Entonces, sólo se atrevió a hablar de su hada a algunos amigos si acaso la ocasión le daba pie. Pocos creerían su relato y los que lo hicieron, lo creyeron sólo a medias. De este modo, entre contadas ocasiones, el adolescente se convirtió en adulto... Entonces una vez, tomando copas con su mejor amigo, Milo le confesó que siendo niño, en el colegio, había conocido a un hada llamada Acinom. Su amigo le miró con cara extrañada y sonrío; luego brindaron por “el hada Acinom” y siguieron tomando copas. Y poco a poco, entre copa y copa, Milo se hizo hombre. En aquel tiempo, sus propias dudas acerca de aquella historia infantil suya se habían acrecentado mucho: tal vez se lo había imaginado todo; seguramente le hubiera dado una insolación, o algún golpe repentino en la cabeza le había jugado una mala pasada; ¿a qué don se refería el hada? Él nunca había tenido ningún don. De esta manera, la historia de Acinom se fue difuminando en su recuerdo, cada vez más y más borrosa, e incluso el nombre del hada llegó a trastocarse en su memoria: “¿Omnaci?

     Así, la vida se abría camino a través del tiempo sin grandes sobresaltos, dejando su surco de existencia en él como el barco en la mar calma. Milo no era ni ángel ni demonio, ni rico ni pobre, ni amante ni amado... Sin embargo, cada año que cumplía era un año vivido con la mayor intensidad posible y con la más noble voluntad. Por eso, Milo era un hombre contento consigo mismo. Pero otro día cualquiera, su vida habría de volver a cambiar: viajando en el metro hacia el centro, una chica. Milo viaja de pie, distraído con el vuelo de una mosca que va a posarse en la ventana del vagón. Delante de él, a menos de medio metro, una mujer le da la espalda mientras habla por teléfono. Reflejada en el cristal la cara de la joven puede verse con nitidez. Al principio Milo no se fija, pero pronto clava la mirada en su sonrisa. Ella sonríe con toda la cara: con los ojos, las cejas, la nariz, la boca, las mejillas... e irradia una entrañable travesura. La chica tiene grandes ojos marrones con forma de almendra, su nariz es respingona, su pelo castaño... De repente un nombre emboscado golpea violento a Milo y se escupe por su boca en un interrogante -¡¿Acinom?!- La joven, que ha colgado justo en ese momento, se da la vuelta para mirarle y con cara confusa responde -¡¿Qué?!- De esta manera comienza la primera de cientos de conversaciones entre ellos:

-Te llamas Acinom, ¡¿verdad?!

-No. Me llamo Mónica -dice ella sin dejar de sonreír.

-¡Perdona! Creí que te conocía. Me recuerdas a alguien que...

-¿Y tú, cómo te llamas? -le interrumpe.

-Milo...

-¡Aha! ¿Y a quién dices que te recuerdo...?

     Sin explicarse muy bien cómo ni por qué, Milo se escucha a sí mismo contándole a Mónica la historia del patio del colegio. En un instante sus recuerdos se han vuelto tan claros que parece vivirlos mientras los cuenta. Sus dudas se han disipado. Aquello sucedió, no importa cuán rocambolesco pueda sonar... La sonrisa de Mónica no hace más que añadir detalles a la historia. Ella le atiende con todos los sentidos y al terminar él de contar su relato, le pregunta -¿y sabes ya cuál es ese don que te concedió Acinom? Él se encoje de hombros y niega con la cabeza mientras le devuelve la sonrisa -tal vez tú puedas ayudarme a descubrirlo. De súbito, Mónica estalla en una carcajada de la que él no puede escapar. La gente alrededor les mira. Ellos ríen.

     Pronto pasaron los años, y entre muchas risas y alguna lágrima, Mónica y Milo seguían conociéndose cada día un poco más. Se conocían por dentro, se conocían por fuera, se conocían a sí mismos al conocerse el uno al otro... y cuanto más se conocían más querían conocerse. Así pues, los surcos que trazaban con su vida a través del tiempo se entrelazaron en una irreprimible voluntad, y un tibio verano acaeció que el vientre de Mónica concibió una criatura. Luego, tras nueve meses acurrucada en su interior transformándose en niña, una primavera, la criatura emergió al mundo vaciando el vientre de su madre e inundando su corazón de éxtasis. Y a la niña la llamaron Ico.
    
    Ico echó dientes, se irguió y comenzó a caminar y luego a hablar. Ico fue a la guardería y luego a la escuela y comenzó a mudar los dientes. Y viviendo, Ico llenaba de gozo las almas de sus padres... Una noche, cuando Mónica ya se había metido en la cama, Milo entró en la habitación de la niña para arroparla. Ésta, que aún no se había dormido, le pidió -papá, cuéntame un cuento. El padre estiró el brazo y agarró un librito muy fino de una repisa. Ico, al ver el cuento en sus manos, le dijo -ese no, papá. Otro. Entonces, Milo volvió a dejar el librito en la repisa y lo cambió por otro. -No papá, ese tampoco. Esos cuentos ya me los sé. Cuéntame un cuento nuevo -habló la pequeña. Durante unos segundos Milo trató de pensar en un cuento que ella no conociera, y en seguida se le ocurrió -¡Está bien! Te voy a contar el cuento de “El niño que era malo con las moscas”. Cuando el padre termina de contarle el cuento, la niña está ya casi dormida, pero antes de caer rendida todavía le queda un hálito para susurrar -papá... ¿Qué don te concedió Acinom? Sus ojos ya se han cerrado y su respiración es queda. Milo se aproxima despacio hacia ella, aproxima su cara a la de la pequeña y le da un beso en la mejilla. Luego, se levanta silencioso y apaga la luz antes de dirigirse a su alcoba. Allí se tiende junto a Mónica, que sonríe.




                                      Para Mónica: sueño e inspiración.


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