Madrid
ebulle con efervescencia urbana: tráfico, cine, arte, bares, drogas,
parques, aves… El tiempo da para mucho y no da para nada, y aunque
la vida puede burbujear monótona y las hormigas son hormigas, como
en cualquier sitio, todo es nuevo aquí: un nuevo atasco; una nueva
película; un nuevo museo; una nueva noche por las calles y los
bares; un nuevo despertar con las aves en un parque. Todo aquello que
se pueda imaginar ocurre. Como en todas partes, las hormigas
madrileñas acarrean sus miguitas, los ciscos que se encuentran,
insectos desmembrados y demás cosas pequeñas, como todas las
hormigas. Porque al fin y al cabo, las hormigas de Madrid trabajan
sin cesar, como en todas partes. Las hay en los coches, en los cines,
los teatros, las tabernas, en los parques y en los barrios; y las
aves se las comen, como en todos lados. Sin embargo, nada se repite,
el tiempo da para mucho y no da para nada y todo es nuevo. Así, la
vida se aferra a Madrid con ansia de ser vivida y cada día
transcurre con avidez de trascender. Porque todo ocurre por primera
vez aquí, incluso lo inimaginable, y hasta el retozar de un viejo
sentimiento es nuevo en Madrid, como en todas partes.
Desvergüenzas literarias de un aficionado a la vida y la bebida.
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06 enero 2020
22 febrero 2018
Melodía para Gloria
Abril, 2017.
No sé qué
pretendo con esta carta, con este escrito, con esto. Ni siquiera sé
bien lo que esto es. Sólo sé que me siento ante mi piano de teclas
con letras, ante el único instrumento que sé tocar, al único al
que puedo arrancarle algo de música, para dedicarte lo que salga de
mí. Obviamente, querría componer una sinfonía triunfal, una vals
que girase en tu cabeza o un canon que erizara tu piel. No sé si
será posible… Me temo que hoy sólo voy a escribir una melodía
estridente, unas líneas de ritmos arrítmicos y poca coherencia.
¡¿Recuerdas?!
Érase una vez un troglodita ebrio y una ebria reidora. Hubo un baile
que se prolongó hasta las sábanas y oscureció el día, que se hizo
corto. Hoy pienso en ello. Hoy pienso en ayer y pienso en hoy, y nada
me hace dudar de que bailaría otra vez esos giros, esas piruetas o
esos meneos ordinarios hasta llegar a mañana. Mañana cada vez más
cerca y siempre alejándose.
A veces no sé qué
decir; no sé qué escribir. A veces la cago y a veces me cago en
todo. Pero es ahí donde me desnudo y te muestro mi esencia. Nadie me
ha visto tan desnudo como tú, y aún así quiero arrancarme la piel
a tiras, los ojos… todo lo que tape quien soy... y ser feo para que
me veas completo. No soy sólo palabras bonitas. Soy un bruto. Y tú…
tú ahora no te quieres… pero yo sólo te veo desnudarte y veo tu
esencia. Más. Y en tu desnudez no encuentro más que Gloria. ¡Nada
que me guste más!
¡¿Recuerdas?! El
tiempo se nos escurrió entre las manos, entre besos y fornicaciones.
Luego vino el espacio. Pero nosotros seguimos despojándonos sin
pudor. Y ahora el pudor nos quiere vestir. Pues cada mañana me
encontrará más desnudo ante tus pies, esos pies que forman parte de
este cuento y que ya no disimulo al lamer, porque en ellos encuentro
consuelo y paz.
La belleza de tu
cuerpo consigue erecciones de mi pene. La belleza de tu alma se clava
en mis entrañas y me hace correrme. Veo cómo te miran los demás,
cómo hablan de ti, cómo te quieren, y nada se me hace extraño. Es
natural que me sienta afortunado. Y tú… tú ahora no te quieres…
Has querido mucho y lo sigues haciendo, pero no has dejado nada para
ti. Pues he de verte resurgir, con alas de plumas nuevas y medias
lunas en la cara, con fuego en el porte y la mirada cristalina, el
sexo al descubierto y aullando a lunas llenas.
Perdóname por
desafinar. Lo siento por la falta de fluidez y las salidas de tono.
Hay veces que improvisar sale regular y tampoco soy un gran pianista.
Al menos he sido capaz de tocar una pieza para ti. No es la más
hermosa, ni lo soy yo, pero con ella, te digo que aún hoy, un año
después no me faltan motivos para que las "dinoposas" y los "marisaurios" pazcan en mi estómago. Tu belleza
trasciende lo físico. Tu nobleza nutre a los nobles. Tu ser enciende
las mentes. Tú eres la verdadera Gloria.
16 diciembre 2015
El Reloj Dorado
No son horas de pasear por el canal, pero paseamos.
Nos son horas de querernos, pero nos queremos.
Repasando las fotos en blanco y negro que sacó la luna, busco tu reloj dorado.
Analizo cada imagen con detenimiento, pero no lo encuentro.
Vuelvo al canal, vuelvo a aquella noche, a su luz de Cine Negro.
Veo insectos que vuelan sobre el agua, incluso oigo en el silencio el rumor de las hojas y la voz del río, pero por más que me esfuerzo, no encuentro tu reloj.
Me dices que me vas a llevar a un rincón secreto, hermoso, un pequeño jardín que se encuentra más allá...
Yo te sigo, imaginando ese hermoso rincón tuyo, pero a cada paso te detengo para flotar en tus ojos; estático en el tiempo, desnudo en tus pupilas.
“¡Que no venga el día a cambiarlo todo con su arrepentimiento!”, pienso.
“¡Que no haya más camino hacia el hogar que atravesar la noche por el canal!”.
Ahora sé que si te marchas la ciudad no cambiará de nombre.
Mirando las fotos que sacó la luna por fin comienzo a comprender:
No son horas de querernos, ni son horas de pasear por el canal.
Tan sólo estamos parados con el tiempo en tu reloj dorado; perdidos bajo la luna del canal entre las nieblas del recuerdo.
Se pasó el instante que nunca llegó.
Se perdió para siempre tu reloj; se quedó marcando la hora exacta que no ha de repetirse, en aquel lugar más allá, con sus agujas clavadas en la roca del pasado.
Nos son horas de querernos, pero nos queremos.
Repasando las fotos en blanco y negro que sacó la luna, busco tu reloj dorado.
Analizo cada imagen con detenimiento, pero no lo encuentro.
Vuelvo al canal, vuelvo a aquella noche, a su luz de Cine Negro.
Veo insectos que vuelan sobre el agua, incluso oigo en el silencio el rumor de las hojas y la voz del río, pero por más que me esfuerzo, no encuentro tu reloj.
Me dices que me vas a llevar a un rincón secreto, hermoso, un pequeño jardín que se encuentra más allá...
Yo te sigo, imaginando ese hermoso rincón tuyo, pero a cada paso te detengo para flotar en tus ojos; estático en el tiempo, desnudo en tus pupilas.
“¡Que no venga el día a cambiarlo todo con su arrepentimiento!”, pienso.
“¡Que no haya más camino hacia el hogar que atravesar la noche por el canal!”.
Ahora sé que si te marchas la ciudad no cambiará de nombre.
Mirando las fotos que sacó la luna por fin comienzo a comprender:
No son horas de querernos, ni son horas de pasear por el canal.
Tan sólo estamos parados con el tiempo en tu reloj dorado; perdidos bajo la luna del canal entre las nieblas del recuerdo.
Se pasó el instante que nunca llegó.
Se perdió para siempre tu reloj; se quedó marcando la hora exacta que no ha de repetirse, en aquel lugar más allá, con sus agujas clavadas en la roca del pasado.
18 octubre 2014
Cosas incompletas que son un todo
Un
tornillo al que abrazar. Sólo eso deseaba la tuerca. Cada día y
cada noche se vestía con sus más hermosos trajes de reflejos y
destellos. Ahora de sol, ahora de luna y estrellas, la tuerca no
cejaba en su empeño de brillar. Un tornillo al que abrazar y que
llenara aquella espiral de vacío que la angustiaba. No era mucho
pedir... Plateada y hexagonal, con sus suaves lados vestidos de luz,
esperaba la tuerca a la herrumbre.
El pequeño
bote marrón conservaba en su interior el olor dulce y algunos restos
olvidados del cacao que una vez lo llenara por completo. Restos
desechados que un dedo no atinó a rebañar. El olor dulce de un
recuerdo. El pequeño bote marrón echaba de menos el calor de unos
labios, la promesa de un beso que levemente licuara el cacao que le
quedaba y se llevara para siempre aquel dolor; aquel olor.
A la
piedra partida le dolían las aristas por las noches. Recordaba su
forma esferoide y sentía en el aire el miembro fantasma del
mutilado. Antaño se había cubierto de blanquecino mineral,
sonriendo despreocupada a los embates del tiempo y las olas bajo el
cielo. Ahora, dos lados planos que confluían en ángulo recto,
dejaban expuesto su negro interior. La piedra partida pasaba los días
evocando redondeces de juventud. La noche cristalizaba su melancolía.
Ni gas ni
chispa le quedaba al mechero gastado; sólo la memoria del humo y del
fuego. En su carcasa blanca, escrito con letras rojas se podía leer:
“VIVIR AL MÁXIMO”. Al pensar en ello sonreía. Fueron
innumerables las juergas, siempre dando lumbre hasta la
incandescencia. Pero aquella llama se había extinguido para siempre
y los amigos se esfumaron tras el humo. Para el mechero gastado los
inviernos eran fríos; los veranos añoranzas.
La botella
de agua vacía se secó por darlo todo. Cada buche por calmar sedes
ajenas. En cada gota de agua una parte de ella. Por ser transparente
como era, algunos se aprovecharon, y de aguadora pasó a sedienta.
Por eso, cuando llovía lloraba. Mucho tiempo probó a llenarse con
güisqui, pero las resacas la dejaban más seca y más vacía. Y fue
así que un buen día decidió llenarse otra vez de agua hasta
rebosar. Y fue así que se secó de nuevo.
23 marzo 2012
Nomeolvides
Una semana entre paredes. Si bien es cierto que he ido al supermercado y a cenar por ahí y esas cosas, también lo es que llevo una semana entre paredes. No está mal cuando la luz entra por la ventana. Además ahora los días son más largos. ¡Por cierto! ¡¿Cuándo se cambia la hora?! Y hablando de la hora y las horas... una semana son ciento sesenta y ocho horas. No parece tanto. Da igual que haya salido un poco, porque cuando salgo mi mente sigue entre estas paredes. Una semana entre paredes no es tanto. Tengo comida, internet y a ratos hasta compañía. Sólo me falta una cosa. Pero esa cosa no la he tenido nunca, así que, ¿cómo puedo echarla de menos? La he tenido cerca... eso sí. La he olido, tocado, mirado, escuchado, pero no la he tenido. Y tampoco quiero tenerla porque no es mía. No es mía ni es de nadie. De cualquier modo, esa cosa no está aquí ahora. No está. Así que me paso una semana entre paredes esperando. Pero no espero nada. Sólo espero. Si quisiera, podría bajar al jardín a plantar unas flores. Pero no quiero. No esta semana.
“Nomeolvides”. Curioso nombre para una flor. No me olvides. Y aquí estoy, arrojado una semana entre paredes. Paredes de olvido que me recuerdan cierta cosa que me falta, que he olido, tocado, mirado, escuchado, que no he tenido y que espero. Pero no desespero. Tengo un llavero de “pitufo filósofo”, tengo comida e internet. Lavo la ropa, veo una serie... y así paso una semana entre paredes. Aunque anoche haya ido a cenar a un sitio pijo y esta noche me tome un refresco con unos amigos, yo no he salido de esta casa esta semana. ¡¡¿Y qué importa si es viernes y quedan aún dos días?!! Yo no he salido esta semana. Aunque mañana vaya a trabajar y después a una fiesta, me habré pasado la semana entre estas paredes. Podría salir al jardín y plantar unas flores: nomeolvides. Pero esta semana no quiero. Y tengo las semillas... pero no quiero plantar nomeolvides.
Una semana entre paredes. Se me hace corta cuando se acerca a su fin, y sin embargo son ciento sesenta y ocho horas. Horas que se alargan y se encogen a su antojo. ¡Qué semana tan larga que se acerca a su fin y se acorta! Parece que fue ayer que comenzó, pero en realidad ya hace varios días. Estoy esperando una cosa que no espero. “¡Qué raro!” pueden pensar algunos. Y con toda la razón lo piensan. Esperar por esperar parece no tener sentido. Pero esperar por una cosa... eso tal vez lo tenga. De todas maneras lo importante no es la espera. Lo importante es la cosa, que cuando llegue seguirá sin llegar y por eso la espero. Para tocarla, olerla, mirarla, escucharla y no tenerla. Para verla pasar de largo. Para deleitarme una semana fuera, sin estar entre paredes. Entonces y sólo entonces dejaré de pasar esta semana entre paredes. Y tal vez, si el tiempo me lo permite, plante nomeolvides en el jardín.
“Nomeolvides”. Curioso nombre para una flor. No me olvides. Y aquí estoy, arrojado una semana entre paredes. Paredes de olvido que me recuerdan cierta cosa que me falta, que he olido, tocado, mirado, escuchado, que no he tenido y que espero. Pero no desespero. Tengo un llavero de “pitufo filósofo”, tengo comida e internet. Lavo la ropa, veo una serie... y así paso una semana entre paredes. Aunque anoche haya ido a cenar a un sitio pijo y esta noche me tome un refresco con unos amigos, yo no he salido de esta casa esta semana. ¡¡¿Y qué importa si es viernes y quedan aún dos días?!! Yo no he salido esta semana. Aunque mañana vaya a trabajar y después a una fiesta, me habré pasado la semana entre estas paredes. Podría salir al jardín y plantar unas flores: nomeolvides. Pero esta semana no quiero. Y tengo las semillas... pero no quiero plantar nomeolvides.
Una semana entre paredes. Se me hace corta cuando se acerca a su fin, y sin embargo son ciento sesenta y ocho horas. Horas que se alargan y se encogen a su antojo. ¡Qué semana tan larga que se acerca a su fin y se acorta! Parece que fue ayer que comenzó, pero en realidad ya hace varios días. Estoy esperando una cosa que no espero. “¡Qué raro!” pueden pensar algunos. Y con toda la razón lo piensan. Esperar por esperar parece no tener sentido. Pero esperar por una cosa... eso tal vez lo tenga. De todas maneras lo importante no es la espera. Lo importante es la cosa, que cuando llegue seguirá sin llegar y por eso la espero. Para tocarla, olerla, mirarla, escucharla y no tenerla. Para verla pasar de largo. Para deleitarme una semana fuera, sin estar entre paredes. Entonces y sólo entonces dejaré de pasar esta semana entre paredes. Y tal vez, si el tiempo me lo permite, plante nomeolvides en el jardín.
04 marzo 2012
Para el Amor (Iván...)
Me muero de muerte herido. Me desangro en un charco que duele como la sequía. Esta noche entre pajas de establo la paso como otra cualquiera. Y otra noche pasa y otra noche me seco. Me muero de muerte herido y la muerte bebo. La muerte que viene, la misma muerte que espero y la muerte que deseo. A tu lado. Y cuando no haya muerto moriré por ti. Y cuando muera resucitaré por ti. Y si tú has muerto visitaré tu esqueleto seco de huesos. Y al mirar tu calavera siempre te veré sonriente. Porque tu sonrisa es lo único que me calma este dolor de muerte. Con tus dientes me sonríes esta ancha herida. Me desangro de alegría. Te veo y te miro, te miro y te veo. Cuando muera, entierrenme muy hondo. Cerca del centro de la tierra o en Australia, pero en un agujero profundo. Que no pueda salir. Que me halle siempre aquí tras la muerte que tú me has dado. Celestial entierro. Muerte digna de mí. Tú. Y te beberé, seco, áspero y muerto. Y al beberte gritaré tu nombre que nadie sabe. Y al gritarlo lo escucharé como la sorda que nunca se escuhó hablar. Y al oirme volveré a morirme en tu nombre. Y junto a tu esqueleto, mis gusanos desearán ser los tuyos. Porque yo te amo muerto. Gracias a la vida que me ha dado tanto! Un lunar me ha dado. El tacto que te toca. La piel seca pero viva. Y la muerte dulce embotellada en un frasco. El sabor de un pescado al horno que huele porque tú existes. El pescado que ha muerto para que yo también pueda morir a tu lado. Y si te canto, no me hagas caso. No me escuches cuando grito. Déjame morir de muerte herido. Mátame si es preciso. Porque te quiero más allá del oceano. Porque flotando en tierra firme te desconozco y te adoro. Porque tiemblan mis manos al escribirte. Porque Los Secretos me intoxican. Déjame morir así. Quiero sangrar tras el cristal de una ventana rota por la que escape volando a buscarte en mi sueño. Y goteando iré a decirte que te quiero. Y embriagado te diré que ha sido un accidente. Que me he cortado al afeitarme. Que sólo me muero por ti ante el espejo. Y cuando me mire las uñas veré mis dedos. Y al verlos veré mi esqueleto. Y ya nunca veré nada más. La muerte me cegará. Y te cegará a ti también. Pero la muerte será sorda. Y yo seré el mudo. El teclado de mi ordenador es mi piano. La música que compongo es para ti. Y la muerte que muero es la tuya. Sólo quiero que sepas que seré el gusano que te coma las entrañas en tu casa bajo tierra. Sólo quiero que sepas que las moscas son mi amor. No las mires mal. Las moscas son mi amor. Y si te quiero es porque tú naciste. Y si te quiero es porque tú viniste. Y si te quiero es mi problema. Aún, cuando las campanas suenan recuerdo tu aliento. No te confundas si susurro tu nombre muerto. A veces me equivoco. Sólo dos letras necesito para confundirme y gritar tu nombre. Y los puntos suspensivos se me hacen tan cortos... Y te digo, y te nombro, y te vuelvo a nombrar. Deben ser tus ojos oblicuos. Tú párpado. Yo también sería párpado para proteger esos ojos. Porque tu muerte es mi muerte. Por eso vivo. Para que tú no mueras. Para que si te mueres, poder comerme tu carne que nunca tuve. Para que si te mueres, morirme de amor contigo. Para que si te mueres ser mosca. Mosca enamorada. Zumbar tu nombre en canciones en inglés. Zumbar tu nombre muerto de muerta y morirme en un zumbido. Verte sonreir. No te rías, por favor. No me ametralles con tu risa. Se hace oscuro y mi piano desafina. Sólo quiero morir tranquilo... sin haberte amado, ni muerto ni vivo.
24 febrero 2012
Encantado de conocerte
11 noviembre 2009
Entelequia de invierno para La Chica Corriente
Solo estrellas fugaces. Nada más veía durante mi noche; durante mi apagón. Luces de Bengala que durante segundos, escasos y miserables segundos, alcanzaban a sacarme de la negrura con que mi estro castrado me incapacitaba; instantes de milagrosa luminiscencia que se desvanecían engullidos por la oscuridad; pompas de jabón que quería coger con las manos y que sin remedio se desintegraban, no importa cuan delicado fuese al tocarlas.
Sólo negro sobre negro. Así anduve a ciegas a través del tiempo burlón que se estiraba inquietantemente en un camino sin curvas. Pero hoy por fin he divisado un cometa en la tiniebla. Como en los mitos antiguos en los que las metáforas se disfrazan de dioses y ninfas, se me ha aparecido una chica con una antorcha. Es una chica corriente, una chica sin más. Pero porta la antorcha que me ha guiado por entre la negra ceguera hasta toparme con estas lineas. Ahora sólo pienso en esa antorcha y en lo que bajo su luz he visto. Pienso en las palabras que La Chica Corriente me dijo: "ejerzo la impudicia de sentirme diferente". Y al pensar no me sorprendo de la visita de La Chica Corriente. Yo la esperaba... yo la sabía. Ahora espero otras visitas que completen la irrealidad que imagino cada vez que escribo.
Sólo negro sobre negro. Así anduve a ciegas a través del tiempo burlón que se estiraba inquietantemente en un camino sin curvas. Pero hoy por fin he divisado un cometa en la tiniebla. Como en los mitos antiguos en los que las metáforas se disfrazan de dioses y ninfas, se me ha aparecido una chica con una antorcha. Es una chica corriente, una chica sin más. Pero porta la antorcha que me ha guiado por entre la negra ceguera hasta toparme con estas lineas. Ahora sólo pienso en esa antorcha y en lo que bajo su luz he visto. Pienso en las palabras que La Chica Corriente me dijo: "ejerzo la impudicia de sentirme diferente". Y al pensar no me sorprendo de la visita de La Chica Corriente. Yo la esperaba... yo la sabía. Ahora espero otras visitas que completen la irrealidad que imagino cada vez que escribo.
30 septiembre 2008
La memoria del color.
Edimburgo se va oscureciendo cada vez más con la llegada del otoño. Pasan los días y el viento va arrancando las hojas de los árboles, desgarrándolas con violencia, desvelando tétricos y retorcidos esqueletos de madera. El agua de la lluvia resbala por los cristales, por las paredes y los rostros desteñidos de los viandantes. En ocasiones, un rayo de sol se cuela desapercibido a través de la estricta guardia de nubes, y el gris oscuro se vuelve verde, el marrón naranja y el cielo azul. Entonces alguna sonrisa se escapa de un pensamiento, de una memoria familiar en la que se reconoce algo inexacto que, en algún tiempo antes de este, fue vivido o soñado. Los paraguas son escudos y los anoraks armaduras. En el suelo los charcos filman el transcurrir de los días que reflejan. Los autómatas discurren por las calles y se amontonan en las paradas de guagua, donde éstas los escupen y los engullen.
Mientras trabajaba de noche en la clínica, una mujer llamó para decir que su perro había sufrido un ataque epiléptico la noche anterior. Ella hablaba con el ritmo del otoño, como quien se ha tomado más de un valium, y decía que su perro había cambiado de color.
Mientras trabajaba de noche en la clínica, una mujer llamó para decir que su perro había sufrido un ataque epiléptico la noche anterior. Ella hablaba con el ritmo del otoño, como quien se ha tomado más de un valium, y decía que su perro había cambiado de color.
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