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15 febrero 2011

Perspectiva de un ateo humilde.

Escrito aproximadamente entre 1998 y 1999.


Cuando la carne se haya podrido
Y la osamenta se diluya en la tierra
Como un eco en el silencio,
Así, habrá acabado por fin nuestra existencia.

Y los que llaman alma al pensamiento,
Al conocimiento o la consciencia,
No sabrán nunca que lo que en vida no fue hecho,
Será reciclado con el resto:
Sus cuerpos inertes y sus vacías cabezas.

Mas todas quedarán huecas.
La del filósofo, la del necio, la del cura y el poeta,
La del rey, la del ignorante…
Y no se volverán a llenar.
Ni siquiera aquellas que por siempre
Carecieron de relleno o pensamiento interesante.

Ya no habrá más reencuentros,
Ni más sentimientos, ni más sensaciones.
Por eso aconsejo, libre de cualquier vanidad,
A aquel que anhele ser recordado,
Que viva con intensidad
Y procure dejar legado.
Pues si lo segundo lo pierde la humanidad,
Lo primero será su consuelo
En el momento de olvidarse de sí mismo.

Y para todo aquel que desee ser feliz,
Simplificaré mi consejo
Recomendándole tan sólo hacer lo primero.
Porque ¿ de qué servirá que nos recuerden
Si nosotros mismos no podremos hacerlo?

El espacio en nuestras mentes se llenará de vacío;
Nuestros oídos percibirán el más puro silencio;
Nuestros ojos se embeberán del negro más oscuro;
Ya por siempre mudas, nuestras lenguas
Saborearán el agua, límpida, impoluta, en su plena esencia;
Olerán las narices con la respiración contenida;
Y las manos, vacías, se sumirán en una búsqueda perpetua.

¿ No son éstos motivos suficientes para considerar
La muerte un gran alivio y la vida un tesoro?

Sin embargo muchos se niegan a aceptar
Que lo único inmortal será la carne,
Arrastrada en la corriente del reciclaje de la materia;
Que al morir el cuerpo, morirá la consciencia;
Que no hay almas sin cuerpo, sólo cuerpos sin alma.

No es a esos que se empeñan
En poner nombre propio a la energía,
A quienes yo me refiero,
Pues es costumbre de los hombres hacer esto.

Me refiero a aquellos que se ofuscan, cobardes,
En otorgarle voluntad al Infinito aleatorio,
Que lavan sus consciencias otorgándole
Su propia voluntad,
Incapaces de concebir para sí mismos un final.
También a los temerosos que no recuerdan
Su inexistencia antes de su concepción.

A éstos y a quienes escucharme quieran
Les diré lo siguiente:
El universo es infinito en dimensión
Y en tiempo, en energía y en materia;
Ignorante, desconocedor de su propia existencia.
Aceptemos esto para poder aceptar
Para nuestras ideas y nuestra mente,
Para nuestro cuerpo y nuestra alma,
Un final definitivo cuando nos llegue la muerte.


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