14 febrero 2015

El Trance


Desaparezco con cada segundo.
Los árboles, los peces y el río.
Desaparecen.
De la montaña baja el agua surcando la roca.
Desaparece la roca.
Y no hay nada en este mundo que permanezca.
Todo desaparece, se desvanece por más que el sol nos amanezca.
De mi pecho huye el lamento.
Desaparece.
De mi vida me voy.
Desaparezco.
He visto las plumas del águila tiradas en el fango ser pisoteadas por el hombre.
El hombre desaparece.
Las notas de mi piano desafinado caen en el silencio al final de la melodía. 
Nada es perpetuo.
El amor muere, el amor se mata.
Desaparezco.


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25 noviembre 2014

Una visita inesperada

 
Algo o alguien se arrastraba detrás de la puerta. Si alguien me hubiese jurado mil veces por su vida lo que allí encontraría, mil veces le habría dejado morir. Tembloroso, giré el pomo y de un tirón abrí de par en par. Un grito se ahogó en mi garganta. Durante unos segundos mi cuerpo dejó de pertenecerme. El horror se había apropiado de él. Un chimpancé se erguía frente a mí, los brazos rotos colgándole inertes a cada costado, piel y músculo hechos jirones; del abdomen, la sangre le manaba por un enorme agujero por el que también asomaban las tripas. El animal me miraba a los ojos como pidiéndome algo. -Piedad-, pensé. Con rápida torpeza busqué mi machete de desbrozar. Jamás lo había sentido tan pesado como al levantarlo en aquel momento, frente a mi inesperado visitante. Descargué un golpe sin fuerza ni convicción y hendí el cráneo. Fallé. Sus ojos me preguntaron por qué. Otro tajo en horizontal seccionó la cabeza.


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18 octubre 2014

Cosas incompletas que son un todo

 
Un tornillo al que abrazar. Sólo eso deseaba la tuerca. Cada día y cada noche se vestía con sus más hermosos trajes de reflejos y destellos. Ahora de sol, ahora de luna y estrellas, la tuerca no cejaba en su empeño de brillar. Un tornillo al que abrazar y que llenara aquella espiral de vacío que la angustiaba. No era mucho pedir... Plateada y hexagonal, con sus suaves lados vestidos de luz, esperaba la tuerca a la herrumbre.

El pequeño bote marrón conservaba en su interior el olor dulce y algunos restos olvidados del cacao que una vez lo llenara por completo. Restos desechados que un dedo no atinó a rebañar. El olor dulce de un recuerdo. El pequeño bote marrón echaba de menos el calor de unos labios, la promesa de un beso que levemente licuara el cacao que le quedaba y se llevara para siempre aquel dolor; aquel olor.

A la piedra partida le dolían las aristas por las noches. Recordaba su forma esferoide y sentía en el aire el miembro fantasma del mutilado. Antaño se había cubierto de blanquecino mineral, sonriendo despreocupada a los embates del tiempo y las olas bajo el cielo. Ahora, dos lados planos que confluían en ángulo recto, dejaban expuesto su negro interior. La piedra partida pasaba los días evocando redondeces de juventud. La noche cristalizaba su melancolía.

Ni gas ni chispa le quedaba al mechero gastado; sólo la memoria del humo y del fuego. En su carcasa blanca, escrito con letras rojas se podía leer: “VIVIR AL MÁXIMO”. Al pensar en ello sonreía. Fueron innumerables las juergas, siempre dando lumbre hasta la incandescencia. Pero aquella llama se había extinguido para siempre y los amigos se esfumaron tras el humo. Para el mechero gastado los inviernos eran fríos; los veranos añoranzas.

La botella de agua vacía se secó por darlo todo. Cada buche por calmar sedes ajenas. En cada gota de agua una parte de ella. Por ser transparente como era, algunos se aprovecharon, y de aguadora pasó a sedienta. Por eso, cuando llovía lloraba. Mucho tiempo probó a llenarse con güisqui, pero las resacas la dejaban más seca y más vacía. Y fue así que un buen día decidió llenarse otra vez de agua hasta rebosar. Y fue así que se secó de nuevo.



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18 agosto 2014

Punk


Anquilosis sin mi dosis.
Sempiterno posponer.
Me dan las noches con el cuerpo maltrecho,
con los días pasados y los sueños lejanos.
Esnifé polvo de amianto sin saber de la asbestosis.
Sin ganas de futuro;
Latiendo en el presente como el muerto que no muere.
Corazón que bombea enfermedad por mis venas.
Probablemente tuberculosis, que vuelve a su apogeo.
Aluminosis en los huesos.
Y si he de ser sincero, prefiero no serlo.
Las mentiras me divierten.
Las mentiras que pervierten.
Las mentiras del dinero, los ricos y usureros...
Me conociste con la alegría que da un viernes,
y ahora sabes bien que soy sólo un lunes de resaca,
que me arrastro hasta los miércoles y que el jueves tengo el mono.
Menos mal que vuelve el viernes y me roba la consciencia.
Menos mal que voy de compras a por mi dosis de anestesia.
Y ya es domingo, la noche hiere.
Me quedé inconsciente y me mearon los perros.
Me robaron el mechero.
Me robaron el dinero.
Me robaron todo aquello que ya no tengo.
Y ahora dime tú que estás a tono:
¿soy yo acaso el responsable de mi cirrosis?
¡Que nos parta un rayo a todos, pero a ti primero!

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07 diciembre 2013

Líbranos del mal


Algunos se apartan de mí cuando voy por la calle. Y hacen bien. Me miran con intuitiva desconfianza al ver en mi aspecto y mi sonrisa reticencias que no desean explorar. No saben por qué, no lo razonan, pero su instinto de borrego doméstico les advierte que no soy portadora de ninguna virtud que pudiera agradarles. Y sin embargo sí soy una virtuosa. Ya lo creo que lo soy. Una vez alguien me designó como “oveja negra”. El pobre infeliz descubrió muy a su pesar que ni blanca ni negra, ni churra ni merina. No soy oveja sino lobo. En su afán por hacerme entrar en razón, me recordó que él me había engendrado. Por eso le hice tragar sus reproductoras razones, para que no volviese a engendrar nunca más a nadie como yo. Pero hay algunos borregos que desoyen su balido interior. Esos son los que luego, con sus gritos quejicosos, se transforman y ponen de manifiesto la increíble cercanía genética que existe entre hombres y cerdos. Para mí todos son lo mismo: corderos, cerdos, vacas... Sólo me gusta escuchar a los que rezan el “padrenuestro”. 

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03 diciembre 2013

Silencio

 
La llamaban Silencio. Se podría decir que sus movimientos eran de una precisión matemática y que su margen de error era cero. Se desplazaba con extremo sigilo. Pocas de sus víctimas llegaban jamás a saber lo que les había ocurrido, y cuando esto no era así, no se debía a una mera casualidad o a un burdo descuido, sino más bien a las exigencias del guion. No era cruel, ni piadosa. Tan sólo eficiente. Muchos de los pocos afortunados que la veían llegar sentían tal alivio al saber que era ella, que de puro relax se orinaban encima ante la certeza de que todo acabaría rápido. Al menos eso era lo que a ella le gustaba pensar. Tampoco era dada a la palabrería. La llamaban Silencio. Sólo hablaba cuando el cliente le pedía que entregara un mensaje. En esas ocasiones se limitaba a repetir palabra por palabra dicho mensaje, sólo una vez, ni más ni menos, de lo contrario no había preguntas, ni explicaciones, ni mucho menos respuestas, sólo muerte silenciosa.

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01 diciembre 2013

Humanoidad


Ahora sabemos que aquello a lo que llamamos vida no es más que una mera casualidad en un inmenso caos de casualidades, un estado transitorio de la materia durante el cual ésta adquiere características orgánicas. Nada más. Por eso, volviendo la vista millones de años atrás, cuando lo orgánico y lo inorgánico aún no se habían combinado, resulta increíble que la humanoidad fuese puramente orgánica. No existía la vida mixta y por lo tanto, nosotros los tecnorganismos tampoco. Las cosas han cambiado mucho desde que, en planetas como La Tierra, Pliridio o Murguro, los primeros y más rudimentarios tecnorganismos salieran de quirófanos de hospital con sus marcapasos recién instalados. Aquellos humanoides estaban aún por descubrir la nanotecnología y la biotecnología. En aquel tiempo se creía que los productos que ellos mismos creaban, tales como sus casas, sus vehículos o sus bolsas de plástico no formaban parte de la naturaleza. Mucho han cambiado las cosas desde entonces, y sin embargo todavía seguimos cartografiando los, hasta hoy, trece universos conocidos; sus galaxias y estrellas; sus sistemas planetarios y su geografía; sus satélites e infinidad de rutas interplanetarias e interestelares. Los científicos continúan descubriendo especies y creando nuevos taxones. Siete de las especies humanoides existentes ya nos hemos encontrado y mezclado, pero todavía seguimos buscando otras. Doce especies inteligentes nos hemos conocido a lo largo y ancho de los universos, pero no dudamos de que pueda haber más. Muchas cosas han cambiado desde aquellos primeros proto-tecnorganismos, pero no la ciencia y su incansable búsqueda de respuestas, caminos y soluciones. Ahora bien, siendo así, tampoco hemos conseguido erradicar la guerra de la naturaleza humanoide.

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